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EDIFICAR
UNA CULTURA
DE VIDA 

Mirando las noticias y leyendo los titulares, podemos sentirnos impotentes al ver la desoladora falta de respeto por la vida humana. ¿Cómo respondemos cuando nuestros esfuerzos parecen pequeños frente a la cultura de la muerte? 

Nuestra identidad cristiana

 

Para poder defender y proteger la vida humana, primero debemos considerar quiénes somos nosotros, en lo más profundo. Dios nos crea a su imagen y semejanza, lo cual significa que estamos hechos para estar en relación amorosa con Dios. La esencia de nuestra identidad y valía, la fuente de nuestra dignidad, es que somos amados por Él: "Nosotros no somos la suma de nuestras debilidades y nuestros fracasos; al contrario, somos la suma del amor del Padre a nosotros y de nuestra capacidad real de llegar a ser imagen de su Hijo".[1]

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Estamos llamados a la intimidad divina, a la verdadera comunión con Dios, y podemos crecer en esta cercanía con él con la oración diaria, la lectura de las Escrituras y la participación frecuente en los sacramentos, especialmente la Confesión y la Eucaristía.

Nuestra misión como cristianos

El tomar conciencia de cuán profundamente somos amados por Dios suscita una respuesta de amor que nos acerca a Dios y, al mismo tiempo, nos impulsa a compartir su amor con los demás.

Abrazar una relación con Dios significa seguir sus pasos, donde quiera que nos llame. Así como Jesús invitó a Pedro y Andrés a convertirse en sus discípulos, también nos invita a nosotros a hacer lo mismo: "Síganme y los haré pescadores de hombres" (Mateo 4,19).

Ser discípulo de Jesús incluye, naturalmente, compartir el Evangelio con los demás e invitarlos a una relación más profunda con Dios. Como cristianos, nuestra identidad y nuestra misión son dos caras de la misma moneda; como los apóstoles, estamos llamados a ser discípulos misioneros.

Los discípulos misioneros

Esto no implica dejar nuestro trabajo o mudarnos a otro país. Para la mayoría de nosotros, nuestro campo misionero es la vida cotidiana: "Cristo nos enseña a evangelizar, a invitar a la gente a estar en comunión con él, y a crear una cultura que da testimonio: a saber, mediante actos de amor. Una vida cristiana vivida con caridad y fe es la forma más eficaz de evangelización".[2]

El primer paso para vivir esta vida es permitir que Jesús nos conozca y nos transforme diariamente. Si respondemos a su gracia, nuestra vida mostrará que tenemos algo más allá de lo que el mundo ofrece: seguimos a una persona cuyo amor cambia nuestra vida, así que queremos que los demás también experimenten su amor transformador.

Cuando vivimos en unión con Dios, abiertos a su inspiración, podemos ver mejor las oportunidades de testimonio y su guía al responder a ellas. Aunque sintamos miedo de hacer algo equivocado o decir algo incorrecto, no hay nada que temer. Jesús prometió a sus discípulos: "yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo" (Mateo28,20). 

Crisis de identidad

 

Como sociedad y como individuos, a menudo nos medimos según falsos estándares: por qué y cuánto hacemos, nuestros éxitos o fracasos, cómo nos tratan los demás, el grado de nuestro placer o independencia, etc. Y cuando estos sustitutos cambiables resultan insuficientes, o si nos enfrentamos a desafíos y sufrimientos, podemos sentirnos indefensos, solos o abandonados; podemos vernos tentados a sentir que nuestra vida ha perdido valor o importancia.

Pero el amor de Dios, individual, real, inmutable, es la verdadera fuente de nuestra valía, identidad y dignidad. La cuestión no es quién soy sino de quién soy. Como su amor nunca cambiará, nada puede reducir nuestra dignidad dada por Dios ni la valía inconmensurable de nuestra vida. 

Nuestra respuesta

 

Cuando una persona está enfrentando grandes pruebas, tenemos que acercarnos, acompañarla en su camino, interceder por ella, y estar abiertos a compartir el amor de Cristo como él lo indique.

Cuando una mujer queda embarazada, y su novio amenaza con irse si continúa con el embarazo, debemos caminar amorosamente con ella. Cuando familiares o amigos se enferman gravemente, debemos asegurarles que Dios sigue ofreciéndoles algo en esta vida, y que ellos siguen teniendo un propósito. Debemos estar constantemente con ellos en cada paso del camino.

A veces nuestras acciones hablan por sí mismas; otras veces, las palabras son necesarias. Pero Jesús siempre sabe hablar al corazón de cada uno; basta con ir por donde él nos conduce.

La cultura de la vida

 

Así es como respondemos a nuestro llamado misionero de construir la cultura de la vida que proclama con alegría la verdad del amor, propósito y plan de Dios para cada persona. Cambiar la cultura es un proceso de conversión que comienza en nuestro propio corazón e incluye la voluntad de ser instruidos y el deseo de estar cerca de Jesús, la fuente de la alegría y el amor.

Al encontrarnos con Cristo, sentimos su amor y profundizamos nuestra relación con él, somos más conscientes de nuestra propia valía y la de los demás. Su amor por cada persona es causa de gran alegría, y la creciente comprensión de este inestimable tesoro nos motiva a compartirlo. Nuestra vida se ve a menudo cambiada por el testimonio de otros; así también, la vida de otros puede verse cambiada por nuestro testimonio y amistad auténtica con ellos.

Vamos, pues, sin temor. Dios está siempre con nosotros.

[1] Juan Pablo II, Homilía, XVII Jornada Mundial de la Juventud, Parque Downsview, Toronto, 28 de julio de 2002.

[2] USCCB, Comité de Evangelización y Catequesis, Discípulos llamados a dar testimonio: La Nueva Evangelización. Copyright © 2012, United States Conference of Catholic Bishops, Washington, D.C. Todos los derechos reservados.

Extracto de "Homilía del Santo Padre Juan Pablo II" © 2002, Libreria Editrice Vaticana, Ciudad del Vaticano. Utilizado con permiso. Todos los derechos reservados. Copyright © 2017, United States Conference of Catholic Bishops, Washington, D.C. Todos los derechos reservados.

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